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La historia del Perfume: del Renacimiento al Siglo de las Luces

Hacia finales del siglo XIV, los perfumes líquidos reemplazan progresivamente a los productos sólidos. Las "aguas de aroma", decocciones para beber, son muy apreciadas por sus virtudes terapéuticas.

En el Renacimiento, la sociedad recurre cada vez más frecuentemente al perfume para camuflar los efluvios poco favorecedores de los cuerpos mal lavados. Son muy apreciados los perfumes fuertes y embriagadores, lo suficientemente tenaces como para cumplir con su misión de disimulación: ámbar, almizcle, jazmín, tuberosa...

Sin duda alguna, es un enfoque comparable el que se encuentra en el origen de la pasión llegada de Toscana, patria de la reina Catalina Médicis, por los guantes perfumados. Los perfumes permiten así enmascarar los olores poco agradables de las pieles mal curtidas.

La asociación entre cuero y perfume es tal que 1656 ve la creación de la corporación de guanteros-perfumistas en Francia. Bajo el reino de Luis XIV, al que se le dio el sobrenombre de "el Rey más oloroso del mundo", esta corporación obtiene el monopolio de la distribución de perfumes, antaño asegurada por los boticarios y los droguistas.

La gran demanda de productos perfumados, hasta entonces ampliamente importados de Italia, conduce a Francia a desarrollar su propia producción. La región de Grasse, gozando de un clima particularmente favorable y del dinamismo regional de la facultad de farmacia de Montpellier, se orienta así en esta época hacia el cultivo de materias primas odorantes y, un poco más tarde, hacia la elaboración de perfumes.

El Siglo de las Luces corresponde a la eclosión de los productos de perfumería.

La mitad del siglo XVIII, época de transición en materia de perfumería, marca la evolución de perfumes muy potentes, destinados a ocultar hediondez omnipresente, hacia aromas más delicados, anunciadores de una vuelta a lo natural.

Francia, cuya corte constituye un modelo de refinamiento inigualado para todas las naciones europeas, es la patria de los más grandes perfumistas y de las creaciones más innovadoras. Aunque París reina sobre el comercio de los productos perfumados, la ciudad de Grasse, cuyos cultivos de plantas muy solicitadas prosperan (jazmín, rosa…), se convierte en el centro de su fabricación.

Grasse adquiere entonces fama mundial por la diversidad y la calidad de su producción.
 
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