Con motivo del centenario de la casa Fragonard en Grasse, el Museo Jean-Honoré Fragonard rinde homenaje a la mirada única que el “Niño querido de Grasse” dirigió a la primera infancia, a su delicadeza y vulnerabilidades, pero también a sus infinitos matices de ternura, de los que fue uno de los testigos más sutiles en la historia de la pintura. Una treintena de obras, algunas de ellas inéditas, serán presentadas al público, prestadas por instituciones francesas e internacionales, así como procedentes de colecciones privadas. Estas obras dialogarán con el Discurso sobre el estado actual de la pintura, que en 1785 se indignaba ante la elección de Fragonard, quien se había apartado “por pequeños senderos desconocidos, para crear un género más favorable al delirio de la imaginación…”. ¿Qué puede ser más seductor que exponerlas precisamente en Grasse?
Treinta años antes de la publicación del Emilio o De la educación de Jean-Jacques Rousseau, Jean-Honoré Fragonard nació en un entorno doméstico reducido pero nutritivo, donde el niño fue mimado por sus padres y por su tía y madrina —un círculo limitado pero atento, en el que este espíritu singular despertó al mundo.
Recientes descubrimientos en los archivos de Grasse y París relativos a su primera infancia revelan la riqueza de este mundo, en el que las mujeres eran herederas universales de su padre o tío abuelo al mismo nivel que sus hermanos, y donde existía una notable apertura hacia las decisiones de las mujeres. Esta historia íntima contribuyó al nacimiento de la mirada única que el pintor dirigió a la primera infancia.