Desde el siglo XVIII, el singular traje que tradicionalmente se asocia a la figura del torero despierta pasiones. Atrae la mirada y suscita el interés de quienes se cruzan con él. Inspirado en la indumentaria de la corte de los Borbones, refleja una identidad fuerte, marcada por diversas influencias. Entre costumbres y prácticas aristocráticas, los trajes evolucionan gracias a la influencia de la estética de los toreros procedentes del pueblo.
Es en el siglo XIX, y especialmente a través de la ópera Carmen de Georges Bizet, con su personaje de Escamillo, cuando la figura del torero se transforma en toréador.
Tanto en la arena como en el escenario, la luz emana de cada movimiento, otorgando a los motivos del traje un soplo de vida.
Descubra en esta «exposición dossier» piezas únicas, muy apreciadas por el pintor español Francisco de Goya, procedentes de la colección privada de Alberto Perales en Madrid, así como de los archivos de la casa de alta costura Christian Lacroix, fechados en 1987 y 1989. Al igual que Picasso o Cocteau, el modista arlesiano alimenta una profunda fascinación por estos trajes de colores brillantes, completamente bordados en oro, que contempla dos veces al año en el anfiteatro, y que más tarde se convertirán en un elemento recurrente e identitario de su estilo.
Los toreros y toréadores inspiran ampliamente a otros creadores, como Yves Saint Laurent, quien en 1977 y 1979 sucumbe al encanto de este personaje orgulloso e interpreta a su manera el traje de luces. Otorga a la mujer moderna el poder atribuido a esta figura noble y popular, simbolizando un arquetipo andrógino sofisticado y sensual, al tiempo que desafía las normas de género dictadas por la sociedad occidental.
Pintores, cineastas, fotógrafos, directores de escena y, más recientemente, instagramers capturan, más allá de los prejuicios, estos cuerpos masculinos engalanados, con medias de seda y bordados metálicos realzados con piedras talladas y lentejuelas, últimos vestigios de un siglo XVIII barroco y fantaseado.